Papel revolución

Todo estaba igual en la Ciudad de México. Si acaso los taxis amarillos de antes ahora eran verdes y ecológicos. Habían nacido centros comerciales que se llenaban en fin de semana. Pero todavía se podían ver casas con ladrillos expuestos y castillos de varilla a medio construir, abundaban los perros callejeros y las calles ruidosas.

Los nuevos vecinos de Parrez correteaban el balón toda la tarde sobre una calle prácticamente destinada para el futbol. Usaban piedras, mochilas, basura o cualquier cosa, incluido Domingo Jiménez vecino de la casa 68, para formar los postes de las porterías. Entre las grietas del pavimento brotaban muestras de césped salvaje como si debajo de la vía, la cancha luchara por su memoria como las pirámides sepultadas por los colonizadores españoles.

Los perros callejeros correteaban a los autos intrusos y las luces callejeras mantenían vivo el futbol hasta que la noche se atragantara de horas. Se jugaba al futbol todos los días, todas las tardes hasta no dar más o hasta que la lluvia diluyera los esfuerzos.

taxi
Foto: Odón de Buen

Parrez estaba a la mitad del segundo año de secundaria cuando su familia regresó al país y la única institución educativa medianamente cercana a su casa que le permitiría resumir el año en curso, fue una escuela católica exclusiva para varones. Debió presentar los exámenes de admisión de Matemáticas y Español y sus padres cubrieron las colegiaturas de la primera mitad del año ya en curso como si Parrez hubiera estado ahí desde agosto y no desde enero. El día del examen, la psicóloga del colegio encerró a Parrez con su prueba de matemáticas en un cubículo detrás de la oficina del director general. Desde ahí podía oler el café y el azúcar del café además del humo de cigarrillo que brotaba de la sala de maestros como si ese fuera el aroma natural de los ladrillos blancos del edificio. Esa arquitectura le quitaba las ganas de estudiar. La secundaria que dejó en California tenía alfombras, calefacción, arte en las paredes. Se acordó de su viejo salón mientras hojeaba el examen de matemáticas escrito a máquina y fotocopiado sobre papel revolución. El examen tenía símbolos matemáticos que nunca antes había visto. Con un suspiro se desmarcó de sus frustraciones y se dedicó a resolver las multiplicaciones y divisiones que lograba reconocer. ¿Cómo el país estaba tan atrasado si sus alumnos tan jóvenes sabían matemáticas tan avanzadas? No lograba entenderlo. De seguro en su nueva escuela estaría rodeado de genios. Sus nuevos vecinos, incluso los más burros como el poste Domingo, sabían algunas cosas de física, biología y química además de tener datos sobre la Revolución Rusa y nociones de la política nacional que discutían con frecuencia en la tiendita después de jugar futbol. Lo que Parrez llamaba plantas y animales ellos llamaban flora y fauna. En cambio sus clases de ciencias naturales en Berkeley lo llevaron a estudiar los animales del parque Tilden en los cerros y a buscar bichos en los estanques. Habían visitado la Academia de Ciencias de California en el Parque Golden Gate y se habían ido de campamento al Parque Nacional de Yosemite. Su conocimiento histórico se limitaba a las Guerras Mundiales, la Guerra de Vietnam, las Civilizaciones Antiguas, la Independencia de Estados Unidos, la Época Colonial y los Indígenas Americanos. Pero más o menos hasta ahí. No sabía que en Rusia hubiera una vez una revolución ni entendía del todo su relevancia para la educación de los mexicanos.

Le dio vueltas y vueltas al examen de matemáticas hasta que las alarmas de la escuela estallaron y la psicóloga se asomó al cubículo con la calma de la rutina, para avisar que su colegio había recibido una amenaza de bomba y que había que evacuar las instalaciones. Le dijo a Parrez que se dirigiera hacia la paz abierta del campo de futbol. Parrez dobló el examen y lo guardó en la bolsa trasera de su pantalón. En el camino la psicóloga le explicó que desde el año nuevo las amenazas habían sido frecuentes en toda la ciudad y que casi siempre habían sido falsas. No podía decirlo con certeza pero pensaba que tenía que ver con la rebelión armada que inició en la jungla chiapaneca en año nuevo. Parrez estaba al tanto de la situación, todo sucedió días antes de que su familia volviera de California. Sus nuevos vecinos le decían pinche gringuito te hubieras quedado allá y así no te cargaban los Zapatistas, como si la Guerra Civil y, en el papel, la Revolución, inundarían lentamente el territorio hasta cubrirlo por completo. Tales eventos no habían sucedido en la semana y media desde el retorno de la familia Parrez West al Distrito Federal.

El día después del examen –y no una semana después como habían dicho las autoridades escolares- los padres de Parrez recibieron la llamada de la secretaria del colegio para hacerles saber que su hijo, Orlando José Parrez West, debía presentarse de inmediato a continuar sus estudios.

Así fue y justo cuando su nuevo profesor de música le pidió que tocara el Minuet en Sol Menor sobre una flauta Yamaha color marfil (como si su clase fuera tan excepcional que Parrez hubiera aprendido a tocar tras media hora de presenciar sus enseñanzas) las alarmas del colegio volvieron a tocar la melodía de una nueva amenaza de bomba. Parrez aún conservaba el examen de admisión en su bolsillo y hasta ese día, nunca había visto una puta flauta Yamaha.

 

por Benjamín de Buen @bdebuen

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