El tinaco

El aire siempre olía a incendio de basura. Nunca podía ver el humo salvo que se subiera al cerro del Patín. La gente quemaba de todo pero nunca ocurrían incendios que lamentar. Es más Konan no sabía si Cañas tenía bomberos. Por fortuna su casa de ladrillo no se iba a quemar y lo único inflamable era el gas embotellado, pero estaba en un contenedor de metal y todo el mundo sabe que el metal no se quema.

No había nadie más que las moscas. La casa tenía azulejos viejos y pintura descarapelada. El ventilador del techo giraba sin ganas. Konan aleteó a las moscas y prendió el estéreo. Llenó una tasa de peltre con agua de cebada. Se la tomó tirado en el viejo sillón de la sala y luego se fue a bañar.

Su padrastro Calleja andaba de ricachón e instaló un Rotoplas en la azotea. No por ello había siempre agua en la casa pero al menos cuando había, Konan podía darse un baño más largo. Normalmente se hubiera bañado en el trabajo, sobre todo cuando el pueblo andaba sin agua, pero esta vez se fue sin pensarlo.

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Los deberes de Konan en el rastro casi no aumentaron con los años salvo los sábados por la tarde donde tenía la titánica responsabilidad de sacar adelante al Rastro Cañas sobre la cancha de futbol. En la liga local habían profesionales retirados, semi-profesionales, profesionales fracasados, estrellas amateurs, y alguno que otro, como Konan, en pleno ascenso y con un futuro prometedor como el que ya se habían gastado casi todos los otros jugadores de la liga. Jugaban de local en una cancha que mostraba buenas condiciones, es decir tenía algo de pasto, y en los partidos destacados se llegaba a alquilar una tribuna provisional para cobrar entradas. La presencia de Konan en la cancha sirvió para enderezar el rumbo del Rastro Cañas, tanto que el pueblo comenzó a interesarse por el equipo. Entre los nuevos espectadores estaba infaliblemente Calleja que celebraba las victorias del equipo como si los siguiera desde niño. Don Luis, por su parte, enderezó también el rumbo de sus apuestas. A Konan no le molestaba demasiado saberlo y le parecía obvio que Calleja se beneficiaba de alguna manera de la situación, a notar por el tinaco Rotoplas nuevo y la televisión que se compró, pues sabía que su presencia en la tribuna no podía deberse a un brote repentino de orgullo paternal, si ese cabrón además ni era su padre.

por Benjamín de Buen @bdebuen

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